Algunos argumentan que votar puede ser una táctica, pero no una estrategia. Cuando los movimientos se orientan principalmente a ganar cargos públicos, internalizan las prioridades del sistema al que pretenden oponerse.
Las demandas radicales se suavizan para atraer a los votantes indecisos, se desalienta la acción directa para mantener la respetabilidad, y la energía organizativa se canaliza hacia campañas que se disipan una vez que se vacían las urnas. Sigue la decepción, luego el cinismo, y luego la retirada.
La acción directa, en cambio, genera confianza y capacidad. Las huelgas, las ocupaciones, los bloqueos y la negativa colectiva confrontan al poder allí donde realmente opera. Obligan a hacer concesiones no mediante la persuasión, sino mediante la disrupción. Más importante aún, enseñan a los participantes que el cambio proviene de su propia fuerza colectiva, no de líderes benévolos. Esta es la función pedagógica de la lucha, una que ningún proceso parlamentario puede replicar.
El socialismo debe basarse en la participación de las masas, no en la gestión de las élites. Donde el anarcocomunismo difiere es en su negativa a subordinar dicha participación al Estado. El objetivo no es presionar a los gobiernos para que hagan lo correcto, sino volverlos cada vez más obsoletos. Cada vez que las personas se organizan para satisfacer sus necesidades directamente, debilitan las bases ideológicas y materiales del poder estatal.
Esto no significa ignorar la realidad de la represión. El Estado se defenderá, a menudo con brutalidad. La policía, los tribunales y las prisiones existen precisamente para contener los desafíos desde abajo. Por lo tanto, la estrategia anarcocomunista enfatiza la solidaridad, la descentralización y la resiliencia. Los movimientos horizontales y federados son más difíciles de decapitar. Las redes de apoyo mutuo reducen la vulnerabilidad a la represión. La defensa colectiva se convierte en una responsabilidad compartida, en lugar de ser dominio de especialistas.El capitalismo está entrando en un período de profunda inestabilidad, marcado por el colapso ecológico, la creciente desigualdad y una crisis permanente. Los Estados responden no resolviendo estas contradicciones, sino gestionándolas mediante la austeridad, la vigilancia y la represión. En este contexto, la fantasía de que el Estado puede ser el vehículo de la emancipación se vuelve cada vez más insostenible. La maquinaria se está reestructurando no para la redistribución, sino para el control.
El socialismo contra el Estado no es, por lo tanto, un eslogan, sino una necesidad. Significa reconocer que la libertad no puede ser impuesta por la legislación. Debe construirse mediante la lucha colectiva que desmantele la jerarquía en todas sus formas. El anarcocomunismo no ofrece un plan, sino una dirección hacia una sociedad organizada en torno a la ayuda mutua, la propiedad colectiva y la democracia directa, sin gobernantes ni clases.
La tarea que tenemos por delante no es perfeccionar el arte de gobernar, sino abolir las condiciones que la hacen necesaria. Sustituir la dominación por la cooperación, la coerción por la solidaridad y la representación por la participación. Al hacerlo, trascendemos los estrechos horizontes del socialismo estatista y recuperamos la esencia revolucionaria del proyecto comunista.
Fuente: AWSM


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