A nuestro yo de diecinueve años que cantaba «Venga, vamos, Chomsky, te sigo a todas partes, yo te adoro» le daría un parraque si leyera su camaradería tan patriarcal con Epstein.
No pedíamos mucho, la verdad, que nuestros referentes no aparecieran en la agenda de un depredador sexual internacional, por ejemplo. En fin, ni los referentes resisten una mínima prueba del algodón, ni nuestros directores preferidos de la adolescencia un test de Bechdel, ni padres, hermanos y amigos un asalto de feminismo básico.
Cae Noam Chomsky y cae otro señoro más al que admiramos durante años. Como cayó Richard Stallman, como Kevin Spacey, como se tambalea Neil Gaiman… Y una ya no sabe si hacerse una estantería nueva o directamente pasarse al relativismo moral.
Nos gustaría no perder la esperanza en el género humano masculino pero no nos lo ponéis fácil. Necesitamos referentes de hombres. Espera, ¿los necesitamos? Desde luego no a costa de tapar vuestros deslices por el bien de la causa.
A lo mejor lo que necesitamos es dejar de hacer ese esfuerzo constante por justificarlos y perder el tiempo, la poca inocencia que nos queda y parte de nuestro corazoncito en un carrusel de decepciones.
La parte positiva de todo esto (no todo iba a ser ruina) es que se ha acabado el mirar hacia otro lado para que no se nos cayeran los referentes. Se ha roto esa lealtad rara que teníamos hacia hombres a los que les debíamos pensamiento, libros o películas, pero no impunidad. Y en ese derrumbe hay algo liberador, al fin y al cabo, si caen ya no tenemos que sujetarlos nosotras.
Por Maka y Candela. El Topo

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